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Sporting Cristal: La Liguilla de 1983 y su estrella número ocho

Por Pablo Merea

Este fin de semana se cumplió otro año de la obtención del título rimense en el ya lejano año 1983 y me vienen a la mente los primeros recuerdos de mi sentimiento por el Sporting Cristal. Estos no fueron en un estadio, sino en una tienda que hoy en día es Metro de Shell, en Miraflores.

Mi mamá me había llevado para comprar mis útiles escolares de primer grado. Era el año 1975 y estábamos en la zona de los fólderes con escudos de todos los equipos. Ella agarró dos, que eran de los dos equipos tradicionales. Me dijo: «Los negritos son del Alianza y los blanquitos de Universitario. Este te toca a ti». Yo solo le dije: «Quiero ese», señalando uno que ya había visto entre el centenar de fólderes. Era uno con el escudo celeste, ante la sorpresa de mi madre. Tuve el mismo fólder durante toda la primaria.

Más adelante, escuchaba todos los partidos por la radio que había en la casa o en el auto de mi papá. Mi sueño era ver tapar al Loco Quiroga, y ver los goles de Cachito Ramírez, de Oblitas, de un Uribe que ya aparecía. Seguí todo el mundial de Argentina 78 y la participación de Perú. Predominaban los jugadores celestes. Llegó el bicampeonato 79-80, y para entonces ya había ido a algunos partidos.

Hasta que llegó la Liguilla del año 1983, donde se definiría quién sería el campeón (en el año ya había ido a varios partidos. Cristal también jugó en el San Martín, hoy Alberto Gallardo). El papá de mi amigo, que era hincha acérrimo de uno de los equipos participantes, habló con nuestros padres para llevarnos a todos los chicos del barrio a los partidos de la Liguilla. Cristal entraba a ésta segundo, con dos puntos de bonificación. Primero ganamos 1 a 0 al Municipal, luego al CNI 2 a 0. En la tercera fecha enfrentábamos a la U. Afuera del estadio, el papá de mi amigo contó cuántos éramos, y en la puerta de Sur compró diez vinchas, una para cada chico. Nos las entregó. Yo me disculpé, no quise recibir la mía, y entramos.

Ya en el partido, el primer gol fue de Hirano y el segundo de Pedrito Ruiz (el que, siendo la estrella del equipo, llegaba en micro y entraba al club caminando con una bolsa negra. Dentro de ella llevaba sus chimpunes para entrenar). Ya era la recta final del partido, cuando los adversarios descontaron y pusieron el marcador 2 a 1. De repente, sentí que todo el Nacional empezaba a empujar a los rivales que se fueron encima para empatar. Era su última opción de pelear el título.

De pronto, hubo un rechazo de Panadero Díaz desde el área del lado norte, y salió disparado el veloz y menudo 11 cervecero. Detrás de él, todos los contrarios, que trataban de hacer que perdiera el equilibrio. Cuando alcanzó el balón, ya algo desestabilizado, le metió otro puntazo y la pelota llegó hasta un par de metros antes del borde del área de Acasuzo, quien salió, pero se quedó al borde de esta, dejando poco ángulo para patear, esperando el remate. El Koki Hirano, a quien lo seguían tomando del brazo, punteó la pelota. El arquero se tiró tardíamente hacia esta y quedó regado en el campo. El Chino saltó sobre él. El balón se iba en dirección a la salida del vértice entre Sur y Occidente, cerca de donde yo estaba situado. Los defensas que llegaban fueron directamente a tapar su arco, y nuestro 11 alcanzaba la bola y la pateaba cruzado, mientras caía de cara. Yo miraba la angustia de toda la gente, a mis amigos jalándose sus vinchas cremas. Escuchaba un «noooo» que bajaba de las cuatro tribunas, mientras la pelota rodaba con dirección al arco sin que pudieran sacarla. Finalmente cruzó la línea con todos los jugadores metiéndose con ella. El estadio estaba repleto, pero solo seriamos un centenar que gritamos el gol con todo el corazón. Era el 3 a 1. De lejos miraba la algarabía en la barra Oriente y unos cuantos hinchas más salpicados en el resto del coloso de José Diaz. A mí esto se me grabó como el momento más emocionante de mi vida.

El cuarto partido también fue emotivo. Le ganamos a Torino 3 a 2, con goles de Pedrito Ruiz, Caballero y Boné. Solo bastaba un empate en el último partido para ser campeones. Era un 21 de diciembre, y nos tocaba enfrentar al Melgar de los hermanos Neyra. Los arequipeños habían terminado primeros a lo largo del año. Recuerdo que les dimos un baile y goleamos 4 a 1. El primero fue de Hirano, el segundo de penal de Héctor Chumpitaz (el último gol de su carrera). Luego, Oswaldo Flores marcaría el tercero y, en el minuto final, nuevamente el Koki pondría el cuarto. Ante mi sorpresa, vi levantarse a gran parte de la tribuna Occidente para celebrar el juego tan aguerrido y vistoso de los celestes. Gritaban sin parar: ¡¡Cristal, Cristal, Cristal!! Acababa el partido y festejaban los cerveceros con vuelta olímpica incluida, gozando de los aplausos de las cuatro tribunas. Hubo celebración especial en Oriente con la barra y también en Occidente.

Desde entonces empecé a ir, ya por mi cuenta, con mi amigo Manuel Zegarra, a los partidos de Cristal, a la tribuna Oriente.

 

JUGADORES DESTACADOS DE AQUEL PLANTEL

Humberto Valdettaro: Un arquerazo, aguerrido. Era un Cazulo en el arco. La tapaba hasta con la cara. Literalmente, lo vi poner la cara para sacar la pelota varias veces.

Héctor Chumpitaz: La calidad de un grande. Capitán de América.

Rubén Díaz: Otro mundialista, fuerte, guerrero. Marcaba con bisturí.

Alfredo Quesada: Un ídolo, ya en sus últimos años.

Luis Reyna: Gran centrocampista.

Pedro Ruiz: Hacía lo que quería con la pelota. Tenía gran visión de juego. Era un Lobatón.

Jorge Hirano: Veloz y técnico. Goleador.

Juan Caballero: Goleador nato. En ese campeonato anotaría 25 goles. Fue el goleador del año.

Destacaron también los jóvenes Luis Mora, Enrique Boné y César Loyola.

 

* Narración del primer gol de Hirano en el último partido contra Melgar. Además, una entrevista al director técnico paraguayo César «El Cabezón» Cubilla:

 

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