Con mi viejo en la Popular

Por Diego Alonso Samalvides Heysen

Sumergido en esta situación de la pandemia, recuerdo un pasaje de mi vida como hincha. Corría el año 2019 cuando estaba sentado en clase, leyendo a hurtadillas unos poemas de Antonio Cisneros desde la última silla del salón, en mi ordenador. De un poema a otro pasé a leer una entrevista escrita donde el poeta peruano se confesaba hincha del club Sporting Cristal. Una serie de recuerdos me embargaron. Sentí que debía volver al estadio como cuando peleábamos la baja en el año 2007. Mi viejo y yo íbamos religiosamente todos los fines de semana junto a sus amigos: un puñado de exbarristas que dejaban la garganta en la tribuna de Oriente. Antes el fútbol era una fiesta. Los bombos, las arengas deliberadas, las banderolas, los rostros pintados. Las restricciones accesorias al fútbol lo habían convertido en un espectáculo falto de emociones consecuentes. Recordé con gracia que papá tenía un amigo barrista al que le apodaban “Rompebanca”, un hombre que, por su contextura colosal, era conocido, precisamente, por romper bancas. Era un buen tipo, pese a que las personas le tenían una mezcla de respeto y temor por su imponente figura robusta. Una vez me regaló una máscara celeste de los Power Rangers por darles una mano con los juegos artificiales. Era pequeño y la policía no revisaba a los niños para entrar al estadio. Era el blanco perfecto. Me ataron todos los explosivos al cuerpo con el fin de que pudieran pasar desapercibidos. Tenía unos veinte kilos más. Parecía el hijo de “Rompebanca”. Pasé esa prueba, por supuesto, con la inocencia primaria de no saber que me había convertido en un objeto totalmente inflamable.

Mientras la profesora explicaba con gestos y ademanes el tema de la clase, yo solo pensaba en las memorias de aquella campaña con el Sporting. Le escribí a papá, le dije que quería ir al estadio y aceptó a mi pedido. Me dijo: “Compra dos entradas para Occidente”. A lo que respondí: “No, papá. Esta vez quiero ir a la barra, nunca hemos ido juntos”. Y era verdad, nunca habíamos ido juntos al Extremo. Todos los partidos que frecuentábamos antaño eran en calidad de espectadores analíticos que observaban minuciosamente el partido como un rito estrictamente silencioso, con nervios y preocupación hasta el estallido de gol, el pico de éxtasis que nos conducía a abandonar los asientos y abrazarnos sudorosos. Allí te abrazabas con el hombre del lado y la alegría era una sola. Papá aceptó mi solicitud y enseguida compré dos entradas para la Popular. Los días restantes al partido me la pasaba leyendo estadísticas, analizando videos de partidos pasados, goles, fallas en ofensiva, rivales. Había imaginado todos los posibles escenarios. Los boletos se agotaron días después. La fiesta estaba garantizada. Hasta que llegó el día: domingo por la mañana.

Me levanté, me puse la camiseta y enrumbamos al Gallardo. Siempre me sentí cómodo en los alrededores al Gallardo, en el Rímac. Entramos al estadio temprano para ver a la reserva. Cuando llegamos ya iban ganando. El partido de la reserva terminó 4 a 1. Luego, dieron la vuelta: se lo merecían, habían campeonado. Eran muchachos talentosos. Durante el partido central sufrimos, pero Lobatón nos devolvió la esperanza. Un viejo conocido. El gol estaba en la banca. Fue victoria bajopontina. Mi viejo buscaba en la tribuna a sus viejos amigos entre otros jóvenes barristas de la nueva camada rimense. Esta vez no estaba “Rompebanca” ni “Peloduro” para meter miedo al rival. Estábamos los dos solos y las graderías repletas de hinchas desconocidos. Vi en sus ojos la añoranza de aquellos días como barrista, viviendo al límite, huyendo de todos lados, cantando en esa fiesta de papel picado, alegría e incertidumbre. Era mi primera vez en la tribuna Popular del Alberto Gallardo y estaba con mi viejo. Luego salió el sol y era necesario: había ganado el Cristal.

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