¡Feliz aniversario, Fuerza Oriente!

Por Aldo Alvarado Hinojosa

Corría el año 1987. Yo era hincha desde niño, cuando escuchaba los partidos con mi radio a transistores. Tenía 19 años, y mi papá, quien también era hincha del Cristal, me empezó a dar permiso para acudir al estadio y ver a ese equipo que siempre me cautivó por jugar tan bonito, esas once hermosas camisetas de color celeste que me emocionaban de sólo verlas.

Recuerdo que llegué al Estadio Nacional y compré mi entrada para ver el partido entre Sporting Cristal y Melgar. Quedé admirado al ver un puñado de hinchas en una pequeña pero muy bullanguera barra, que no dejaba de gritar todo el partido. Estaban acompañados de cornetas, tambores, bongó, bombo, triángulos de camión de basura y barritas de madera. Estribillos alegres, con mucho ritmo, que entusiasmaban y daban energía para cantar y gritar todo el partido.

Aunque llevaba años siendo hincha, nunca iba al estadio y solamente me nutría de las informaciones que daban los programas deportivos en la radio, o en revistas como Ovación. Aquella tarde de invierno del 87 —en que fui por primera vez al estadio— descubrí que se sentía muy bien ver a ese equipo tan querido por mi padre. Me pegué a ese puñado de entusiastas chicos y señores que coreaban por esos colores, muy discretamente y con el temor de que alguien me diga que me aleje; sin embargo, encontré sólo sonrisas amigables. De repente, salía el Sporting Cristal bajo el «Sale el campeón, sale el campeón», y el equipo saludaba a su barra. Yo me sentí tan emocionado que lo único que hice fue cantar, saltar y bailar todo el partido. Ganamos 1 a 0.

Al finalizar el partido se me acercaron dos jovenzuelos muy parecidos a mí, en edad y entusiasmo, y me dijeron que me habían visto cantar y bailar todo el partido. Me invitaron a formar parte de la barra. Yo no lo podía creer, me sentí tan importante que no dudé un instante en responder el halago de manera positiva y con un tajante «claro que sí». Ellos fueron Aldo Celis y Martín Adiaz Avendaño. A partir de ese momento, no falté a un solo compromiso ese año.

En esos tiempos salía corriendo de la universidad o cancelaba citas con mi enamorada —ahora mi esposa— por ir a ver al Cristal. Cortaba papel periódico en la víspera del partido para hacer mis propios contómetros y papel picado. Terminaba con ampollas en las manos de tanto cortar tiras largas de papel periódico para luego engramparlas, enrollarlas y entrar al estadio con, como mínimo, cien contómetros y por lo menos cinco kilos de papel picado que yo —muy generoso— regalaba a todos los chicos menores que me pedían.

En eso salía el Sporting Cristal, entre los aplausos de aquellos 50 o 60 barristas, dentro de los cuales no olvido al gran Loco Galliani, quien un día me ofreció tocar el bombo. Yo me sentí aún más halagado. Luego, junto con Toño Calienes o el gordo Rolando, nos turnaríamos aquel bombo que, junto al bongó del tío Freddy Ambía y a la corneta clásica del Chaira o de Perico Ugaz, armaba la fiesta en aquella tribuna.

De repente veías bailar a los entusiastas barristas. No olvido al tío Koki Abratani y sus cigarros Inca, con su propio filtro; al señor Guillermo Mazuelos y su hijo; a Gustavo Calienes y al ya mencionado querido amigo Toño; al Muñeco Meza; el Cholo Wilson; a los Gatos y a sus hermanos, cajamarquinos ellos, que siempre iban juntos al estadio; a Pablo Merea Vidalón, que ingresó a la barra el mismo día que entré yo; al señor Echevarría; el Italiano, un gordito bonachón que usaba mostachos y que siempre iba al estadio con su hijo pequeño, también gordito, y con paletas de madera acompañaban el ritmo de la barra; el eterno renegón, Payasito Extremo, que sólo puteaba y NUNCA cantaba (ja, ja). Cristal tocaba y tocaba, la barra bailaba y bailaba. Se veía a César Loyola —padre de Nilson— meter goles y fallar otros. Cuando anotaba, corría hacia la barra para escuchar su canto dirigido: «Hola, hola, hola, golazo de Loyola». Es más, él fue la primera persona a quien vi hacer como gallina cuando le metía goles a la U. Luego, esto fue típico de la Pepa Baldessari en los noventas.

No puedo dejar de mencionar tantos recuerdos: las banderas grandes que usábamos con unas cañas enormes y guardábamos debajo de la tribuna; el seco con frijoles que comíamos debajo de las graderías, en aquellos tripletes inacabables de domingo, cuando generalmente Cristal jugaba el semifondo. Nos retirábamos sin ver el partido de fondo, cantando el clásico: «Ya jugamos, ya ganamos, ahora nos vamos a chupar».

Un párrafo aparte a uno de mis mejores amigos en aquella barra de muchachos sanos y buenas personas. Este era un chinito, chiquito él, pero gritón y entusiasta. Hasta ahora no olvido aquella vez en que, llegando de la universidad con mi mochila llena de apuntes y separatas de los cursos de medicina que llevaba en San Fernando, este personaje oriental —salud, Arturo Kikuyama— se dedicó a convertir todo lo que llevaba en papel picado. ¡Chino de mierda!  Me arruinó aquel ciclo, pero al final todo era por continuar la fiesta en aquella pequeña pero gran y bullanguera barra, que sólo se llenaba de gran cantidad de hinchas en enfrentamientos importantes como contra la U o Alianza. En partidos pequeños éramos siempre los 40 o 50 hinchas que no dejaban de gritar. Hasta ahora siento el dolor de las ampollas en mi mano, por tocar el bombo. Lo dijo Micky Rospigliosi: «El Cristal puede estar en una tarde mala, pero el bombo de la barra nunca deja de sonar».

Pasaron décadas, pero la alegría de escribir y recordar todo lo que he mencionado nunca pasará en mi mente. En mi corazón quedarán tantos recuerdos imborrables de aquella pasión desmedida que empecé a vivir por mi Sporting Cristal en los ochentas. Hoy estamos ad portas de culminar una campaña diferente, en un año difícil, en el que las formas de alentar han cambiado mucho, pero el corazón y el amor del hincha nunca cambiarán.

¡Fuerza Cristal, equipo de mis amores! Dejen la vida el domingo, ¡y ojalá llegue el título 20!

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