Gabriel Costa, el mejor futbolista de Perú de 2018

Por Agustín Lucas

La vida lo fue llevando por los barrios y los pueblos. Nació en Piedras Blancas y cuando su viejo se fue, terminaron en el Borro con su mamá y sus ocho hermanos. Un camión los depositó en Artigas después de un viaje de 12 horas que hicieron apretados en la caja con las cosas que tenían y toda la gurisada. La rompió toda, la descosió, digamos, y un conocido empresario se arrimó a la familia. Les llenó la panza a los nueve y a la vieja, los vistió y los devolvió a la capital para que el gurí se probara en Danubio. Pero claro, Gabriel era chiquito, y aquella séptima de Danubio se caracterizaba por los físicos robustos de los adolescentes. “La rompí en Artigas, sobre todo en Rampla, en mi barrio, por eso me agarró [Pablo] Bentancur. Nos vistió y nos dio de comer como un año y pico. Nos trajo de nuevo a Montevideo a parar a la calle Villa de Moros y jugué en la séptima de Danubio. Me daban vitaminas, me daban de todo, pero era muy chiquito. Mis compañeros eran todos enormes, me daba vergüenza hasta bañarme. Encima venía en el ómnibus con la túnica para no pagar el boleto, me bajaba unas cuadras antes para que no me vieran. Cuando yo tenía 12 o 13 me quiso llevar a Alemania, pero tenía que ir solo y mi vieja dijo que no; después cayó preso y ahí empezó a terminarse la historia. Mi vieja lo fue a visitar a la prisión, a agradecerle por todo lo que nos había dado. Muchos de los familiares y gente que él tenía como amigos no se habían aparecido, y se apareció mi vieja que no tenía ni un peso para el ómnibus”.

Volvieron a partir, esta vez a San Carlos, y Libertad le abrió las puertas por pura causalidad; el trueque fue el buen fútbol del gurí por 11 litros de leche diarios que les llevaba el técnico, que trabajaba en un tambo. Gabriel quería jugar en Primera División, igual que su hermano lo había hecho tiempo antes en el Peñarol de Artigas, pero otra vez su cuerpo menudo se aparecía como un obstáculo. Dejó el fútbol, quizás lo único que de veras sabía hacer, quiso estudiar, terminó buscándose la vida en Buenos Aires, tras los pasos de sus hermanos más grandes. “Dejé Danubio y nos fuimos para San Carlos. Me puse a estudiar allá, no quería jugar más al fútbol. Mis hermanos no querían saber nada con el estudio. La escuela la terminamos todos porque ahí nos daban de comer. Es que es como dice la canción: ‘Con hambre no se puede pensar’. Estábamos un día en la plaza con mis hermanos y la selección de Maldonado jugaba un amistoso con un rejuntado. Los seis hermanos andábamos por ahí siempre, el jugar y el salir nos hacía olvidar las cosas que nos faltaban. El técnico del rejuntado era José Trigo. Ese día les faltaron un par de jugadores y mi hermano, que es flor de careta, le dijo que nosotros jugábamos. Nos preguntaron en qué puesto y todos queríamos jugar de diez. La rompimos, el técnico quedó como loco y quería que empezáramos a practicar. Mi hermano le explicó la situación en la que estábamos y el tipo, que trabajaba en un tambo, nos empezó a llevar 11 litros de leche todas las mañanas. Íbamos a la práctica gozados. Nos sacó los documentos a los que nos faltaban y empezamos a jugar en Libertad de San Carlos. Ahí empezó todo. Mis hermanos fueron dejando. Yo jugaba en la sub 15 pero quería jugar en Primera, y otra vez me decían que era muy chiquito. Terminé dejando de jugar. A los 17 me fui atrás de mis hermanos grandes que se habían ido a buscar la vida a Buenos Aires. Viven allá todavía. Me ahorré para el pasaje trabajando en una rotisería, y cuando llegué a Migraciones en Colonia me faltaban todos los papeles porque era menor, yo no tenía ni la menor idea. Lo que lloré solo ahí, no tenía ni para volver. Cumplí 18 y ahí sí me fui”.

Yo quería ser como vos

Su hermano Carlos, el que había jugado en la Primera del manya del norte del país, lo convenció de que volviera a Montevideo a jugar; un viejo representante, que también les había dado de comer tras el futuro de Carlos, lo arrimó a River, le dio techo y cuatro comidas que nunca había tenido, pero le siguieron diciendo que era chiquito. “Mi hermano me decía que tenía que jugar al fútbol, él tenía más confianza que yo. Yo ni esperaba poder vivir del fútbol, pero él estaba convencido de que yo tenía condiciones. La rompía mi hermano Carlos cuando jugaba, jugó en la primera de Peñarol en Artigas. Yo quería ser como él. Supo tener un empresario que también nos dio de comer en su momento. Lo llamó a ver si me conseguía algo y me puso en contacto con Eduardo Rodríguez, que me llevó a vivir a la casita que tenía en Agraciada y 19 de Abril; tenía 25 jugadores viviendo ahí, nos cocinaba la madre de Andrés Rodales, era espectacular. Yo, flaquito como siempre, en dos semanas quedé gordo como nunca. Nunca me había pasado de tener las cuatro comidas. Me llevaron a la cuarta de River con 18 años sin haber hecho inferiores, sin nada. Fuimos a probarnos con un lateral izquierdo que tenía todo para ser jugador de selección. Cuando llegamos lo primero que vieron fue a él. A mí me pusieron a jugar con la quinta. Cuando llegamos a la casona le dijeron al lateral que lo querían como locos, y a mí que no habían visto nada, pero que me daban una semana más. Me metí en el cuarto y me puse a llorar, no me quedaba otra que romperla al otro día. Hice tres goles. Me gané que me siguieran probando. Aprendí a motivarme solo. Quedé en River. Yo no preguntaba ni por plata ni por nada, me daban de comer y donde dormir y con eso estaba”.

El amor menos pensado

Recaló en Rocha, durmió en la sede del club, pasó por Bella Vista hasta que el club desapareció, y en Rentistas, más allá de que había jugado poco, la rompió en la final por el ascenso. Ya en Primera División le convirtió a Peñarol y a cinco o seis arqueros más. El Topo Guillermo Sanguinetti lo llevó a Perú por pura confianza y por primera vez en la vida le hablaron en dólares. Los primeros seis meses en Alianza Lima fueron difíciles. A Carolina y a Gabriel les tocó llorar en silencio varias veces, con la incertidumbre del futuro en las manos. También la rompió cuando le quedó el tiro de gracia en el revólver de cuero con tapones. “Las cosas que me están pasando me hacen mirar para atrás y ver todo lo que me pasó, y me hace feliz. Cada vez que entro a la cancha soy feliz. Todavía no se me fue esa felicidad de niño. Me hicieron un contrato de cinco años en River. En Primera estaba Juan Ramón Carrasco, y el hijo era técnico en Tercera. Yo jugaba de enganche típico. Juan Ramón me decía que me faltaba músculo, y yo estaba queriendo jugar en Primera desde los 15. Me subieron a Tercera y salimos campeones uruguayos tres años seguidos, pero Carrasco seguía diciendo que me faltaba. Cuando llegó [Eduardo] Del Capellán me subió y me puso un partido contra Racing y nunca más. En Tercera de River agarró [Edgardo] Adinolfi e hicimos muy buena relación. Me llevaron a jugar a Rocha, a la B. Estuve un año viviendo en la sede. Cuando salí de Rocha, Adinolfi me hizo el nexo con el Topo Sanguinetti, que había agarrado en Bella Vista; me hicieron un contrato por el mínimo, era lo mejor que me había pasado. Jugué seis meses, el Topo se fue para Cúcuta y el club desapareció. Me llevaron a Rentistas, a la B de vuelta. Vivía con uno de mis hermanos en una pensión de dos por dos, baño, cocina y camas todo en el mismo lugarcito. Jugué tres partidos nomás porque estaba [Christian] Yeladian, que la rompía toda. Llegamos a la final contra Miramar y el Fito [Adolfo] Barán me puso de titular. Yo concentraba con el Guille Maidana, un gran amigo. En el almuerzo estaban todos con cara de orto porque yo era un pendejo que no jugaba nunca y al técnico se le había ocurrido que jugara. Ganamos tres a cero, hice dos goles. Ese partido me marcó. Jugando en la A le ganamos a Peñarol y también hice uno. Ahí empecé, hice seis goles en Primera y el Topo Sanguinetti me llevó para Alianza Lima de Perú. Cuando me hablaron en dólares no lo podía creer. Siempre te queda marcado quien está con vos, y mi señora estuvo siempre. Terminó de estudiar y se fue para allá conmigo, mi suegro de alguna forma fue como mi viejo. Los primeros meses en Perú me rebotaba la pelota. 40.000 personas me chiflaban. Mi mujer no podía ir a la cancha porque era durísimo. Salimos campeones, de todas formas. Para el otro campeonato los dirigentes no me querían ni ver. El Topo me bancó a morir, pero me dijo que me quedaba un último partido. Llegué a casa y nos pusimos a llorar con mi señora; no sabíamos qué íbamos a hacer, a dónde íbamos a ir, ella había dejado hasta su trabajo en Montevideo. Jugamos en la altura contra Ayacucho y volé. A partir de ese partido hice goles seis partidos seguidos. Perdimos la final con Cristal 1-0”.

Cuando estaba negociando la renovación del contrato con Alianza lo llamó Mariano Soso, que dirigía a Cristal, de los clásicos rivales. Gabriel confió en la palabra del técnico rosarino del equipo celeste y siguió el instinto, como en el área. Se encontró con un club que cuida a los suyos y cuando la rodilla le cantó flor, los celestes le renovaron el contrato. El diagnóstico decía ocho meses de recuperación que a puro tezón, Gabriel convirtió en cuatro. Su hijo Benicio fue como un faro para pegar la vuelta. “Terminé yendo a Cristal en 2016 porque me llamó Mariano Soso, el técnico, un tipo que me llegó hasta adentro; con él me iba para la guerra. Es el técnico que quiero tener siempre. Yo estaba negociando con Alianza para renovar y Mariano me convenció: ‘Me voy contigo’, le dije. Anduve bien los primeros seis meses en Cristal y me rompí los cruzados. Me dijeron que tenía como para ocho meses, lo que lloramos ese día. Le dije a Fernando Gilardi, que me ayudó en la recuperación, que iba a volver en cuatro meses para jugar las finales. Nació mi hijo Benicio y entendí que tenía que recuperarme por él también. Me apoyaron mucho en Cristal. A los cinco meses ya estaba jugando. El partido que volví hice un gol que encima se lo robé al Piki [Jorge] Cazulo, que había hecho una jugada maradoniana. La emoción de ese partido fue como volver a nacer; vos nunca sabés lo que puede pasar después en el fútbol”.

Hace unos días nomás Gabriel Costa, el guricito que supo buscarse la vida con goles, que entendió lo que era la potencia cuando empezó a comer más seguido, ese botija de barrio criado entre hermanos, firmó contrato con uno de los equipos más grandes de Chile, el poderoso Colo-Colo, luego de ser consagrado como el mejor jugador de Perú del año que aún estamos dejando ir.

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