La noche inolvidable

Por Diego Samalvides Heysen

El cuadro bajopontino estuvo a un gol de consagrarse campeón de la Copa Libertadores, el certamen más importante de América Latina a nivel de clubes. Un partido que todavía vive en la retina de un país que vio la gloria pasar de largo.

Hay campañas que son históricas. El cuadro dirigido por Sergio Markarián logró la hazaña de competir en una final de Copa Libertadores. Corría el año 1997, pero la historia había comenzado antes. «Glorioso tricampeón», titulaba la prestigiosa revista argentina El Gráfico, con una fotografía de Marcelo Asteggiano y Pedro Garay un año antes de la mítica final en Belo Horizonte. Sporting Cristal se consagró como el primer tricampeón del fútbol peruano. No existían dudas. El hijo de los esposos Ricardo Bentín y Esther Grande, que dio a luz un 13 de diciembre de 1955 en el Rímac, había crecido.

Le apodaron como «El equipo que nació campeón», al conseguir el campeonato peruano de fútbol en su primera intervención en el certamen y durante su primer año de vida. Cristal tenía el respeto de clubes populares como Alianza Lima y Universitario de Deportes, quienes pese a tener mayor cantidad de años no habían logrado una hazaña de dicha envergadura. Luego de la campaña que inició Juan Carlos Oblitas en los dos primeros campeonatos, José Luis Carbone asumió el timón del equipo seguido de Roberto Mosquera para que finalmente tomara las riendas el Mago Sergio Markarián. El fútbol no tenía en una final de Libertadores a un equipo peruano desde 1972, cuando Universitario de Deportes fue derrotado ante el Independiente de Avellaneda por 2-1 en La Doble Visera.

Abraham, apodado Pequeño (por su estatura) por los barristas, es uno de los fundadores del Extremo Celeste y ha decidido abrirnos la puerta a un episodio de esa misma vida galopante como hincha. Estudiar cerca al estadio era solo una excusa para ver al que hasta ese entonces había sido el amor de su vida: Sporting Cristal. Ahora, recuerda el tránsito de la campaña entre júbilo y pundonor. «No podía creerlo. Mientras subía las gradas del estadio no contenía las lágrimas. Era el momento que todos habíamos soñado», confiesa conmovido. En los partidos del campeonato local se cantaban arengas en referencia a la obsesión por la Copa Libertadores, pero esta vez estaban frente a ella. Paradójicamente, la primera copa había sido elaborada por artesanos peruanos de la joyería Camusso de la Avenida Colonial a finales de los años 50. Luego del inicio del certamen en 1960 han sido tres los trofeos que han utilizado. Allí están grabados los nombres de los equipos que alguna vez tocaron la gloria y Cristal quería colocar el peso de una historia que empezaba a forjar.

«Cerraba mis ojos y mi cabeza se movía de lado a lado en sentido de negación. ¿Podía ser real?», expresa mientras sus ojos se tornan cristalinos. En la primera etapa les tocó jugar contra el que sería su rival en la final: Cruzeiro. Comenzaron a creer que podían continuar escalando a medida que sacaban puntos importantes en condición de visita. El triunfo ante Vélez Sarsfield, luego de que Chilavert pecara de soberbio frente a Jorge Soto al decir que nadie lo conocía, les dio personalidad. Faltaban minutos y, en un contraataque, el delantero Adrián Czornomaz le pica el balón al vacío al Camello, que entra por la derecha y, saliendo Chilavert, se la cruza al lado izquierdo, terminando la jugada en un gol que todavía tiene eco en el recinto. Ese partido fue vital para ganarse el respeto de los rivales con mayor jerarquía. Luego, se fueron haciendo grandes entre los grandes para que en semifinales aplastaran 4-1 a Racing logrando clasificar a la final.

El partido en Lima fue apoteósico. El Perú entero estaba atento. «Fui al estadio con lágrimas en los ojos. Mientras subía las gradas iba llorando, porque era el sueño de toda mi vida. Al terminar de subir las gradas me conmovió ver el estadio repleto. No cabía un solo alfiler. Reconozco que iban hinchas de todos los equipos, ya que no jugaba Cristal, sino el Perú», revela el exbarrista alejado del estadio por la pandemia. Partido no apto para cardiacos. De igual a igual, aunque hay quienes creen que incluso Cristal fue más que el equipo brasileño, pero le tuvo mucho respeto. Y, en el fútbol, como en la vida, a veces está bien no medir a quien uno se va a enfrentar.

Al Cruzeiro de entonces lo dirigía Paulo Autouri, quien irónicamente en el año 2002 lograría el título 14 de Sporting Cristal en su paso por el fútbol peruano. En Belo Horizonte, el elegido para arbitrar era Javier Castrilli, más conocido como El Sheriff, por su carácter fuerte y estricto cumplimiento del reglamento. El mismo árbitro que había expulsado un año antes a Diego Maradonna por protestar en el encuentro que definía el campeonato entre Boca Juniors y Vélez Sarfield. En el recordado 5-1 contra los xeneizes, la policía tiró gases lacrimógenos y agua contra la tribuna donde se encontraban los hinchas de Boca, enfadados por las decisiones del juez, y habían comenzado a romper el alambrado. Maradona junto a Mac Allister se acercaron a calmarlos y evitaron una tragedia.

Esta vez, Castrilli arbitraba un partido mayor. No hubo expulsados. Dos amarillas para cada equipo y un gol que llegaría faltando 15 minutos a cargo de Elivélton, quien había marcado trece goles con su selección entre 1991 y 1993. Ahora, se convertía en el villano. El partido era disputado y, faltando minutos para culminar la final, Julinho falla un gol frente al ex arquero del Milán. Dida era colosal. Medía 1.96, a diferencia de Balerio, quien tenía 12 centímetros menos de altura, pero a falta de ello, una personalidad excéntrica. El viejo era bueno. Su único pecado: fumar más de una cajetilla de cigarros por día. Balerio era corajudo y no tenía miedo de enfrentar a nadie. Siempre parecía tener el control de la situación y de encontrarle el lado más lúdico al fútbol.

«Cuando tenía ocho años le había prometido a mi papá que iba a salir campeón de la Copa Libertadores, que en la final iba a meter un gol y que le iba a regalar el (auto) Toyota», reveló Julinho en una entrevista póstuma a la final. Nunca pudo perdonarse del todo ese gol, pues era el que cambiaría la historia. De hecho, nadie pudo superarla. «¿Por qué tu mamá te parió tan largo?», enfatizó el periodista Jaime Bayly cuando Dida atajó el gol que todavía despierta escalofríos en las repeticiones. Todo estaba consumado. Al final del partido, los jugadores se colocaron en círculo para rezar y agradecer a Dios por haber llegado a la final. Luego, el Viejo Balerio, que tantas alegrías le había dado al Sporting, se sintió culpable de no haber podido hacer algo más en la jugada del gol y se fue directo al vestuario. Silencio total.

Los rostros desencajados evidenciaban la frustración de no haber podido ser campeones. Fue la mínima diferencia. Estuvieron a un pie de tocar la gloria, pero el destino no estuvo de su lado. De aquel día solo queda el recuerdo de la mejor campaña de Sporting Cristal y la consolidación del equipo como parte de los tres clubes más grandes del Perú. Han pasado los años, pero nadie ha podido borrar los goles del buen Bonnet, la picardía del Coyote, Julinho y su ballet, el tranco largo del Camello Soto, la precisión del Ñol Solano, el ímpetu de Pedro Garay, la solvencia de Asteggiano y los guantes del Viejo, que todavía cuelgan en un arco donde nunca llegará Dios.

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