LA LIBRETA: Sporting Cristal 3 – Garcilaso 0

Solis (14). Mostró agilidad. En algunos centros a su área la puñeteó por canalla sin ninguna necesidad,  sin la presencia de moros ni cusqueños en la costa sierra,  selva y mar. Esto no tiene nada de malo. Peor es tratar de embolsarla sin haber calculado o salir a destender la ropa (que le pasó un par de veces). No obstante,  esos puñetes a la gorda son un whatsapp al rival con el mensaje “No estoy muy seguro que digamos”.

Madrid (14). Cuando le tocó proyectarse esta vez se animó a mandarse en moto en la diagonal con más éxito que anteriores partidos, pero defendiendo su banda pasó  aprietos con el delantero visitante.

Chavez (15). El Vigilante cada día juega mejor arriesgando la vida en el marcaje. En algunos casos supo anticipar, pero su problema -y el de toda la defensa- fue salir con la  pelota jugada sabiendo  que los cusqueños  estuvieron pendientes al menor error.

Merlo (14). Regularón en un sesenta por ciento. Tuvo una mala salida en el primer tiempo que casi se transforma en gol. Pero no gravitó mucho en la pelota aérea  al descuidar a Carando en algunos saltos.

Céspedes (12). En dos de cada diez salidas hizo una de más. Algo es algo, hasta hace un mes regalaba cuatro de cada diez. Al igual que él, sus compañeros de la defensa cometieron demasiadas infracciones en las cercanías del área celeste.

Cazulo (15). El peoncito de la buena suerte. Y en ausencia de Loba, fue el caudillo que sólo apagó el motor cuando lo sacaron. No salió muy contento que digamos porque a Piki le gusta chambear de amanecida y hasta es capaz de hacerse un par de horas de sobretiempo, y sin desayuno

Calcaterra (15). Su gol por la huacha y sus cambios de rumbo desconcertaron a los rivales, pero después del segundo gol paró la mano (y con ella el pie). ¿Órdenes de Barreto? ¿O el trajín de varias lesiones sin curarse del todo le pasó el recibo por honorarios? En todo caso, pasó la valla del 70 por ciento en rendimiento, pese a que por momentos  “Lindas tardes” Arhimbaud se le pegó como mermelada al pan.

Távara (16). El Tíbiri Chévere fue el pivote de la volante. Y coronó la faena con un fino gol de contrabote estilo Chorri (hablamos del original, porque Chorri Segundo las suele meter al caballazo). Por momentos lo rodearon hasta tres cusqueños como si lo estuvieran chalequeando. Le faltó movilidad para zafar de ese acoso.

Ortiz (14). Organizó mucho y se atrevió a disparar de lejos, aunque le faltó calibrar la mira telescópica. Al igual que Calca y el Chévere, después del segundo gol le hicieron un corralito que no lo dejaba armar. Tuvo un poco más de movilidad que en fechas anteriores.

Pacheco (13). Tuvo que cambiar de punta porque entre dos guachimanes lo marcaron con trancas, vallas y rompemuelles. ¿Qué le faltó? Hacer las diagonales que hacía Johan Real Madrid. Bien  podrían haberse turnado como en las proyecciones de vez en cuando porque la táctica de la trenza es útil para aturdir a los marcadores.

Palacios (15). Su gol compensó  los otros goles que perdió por apresuramiento, por egoísmo o mala puntería. Pero además este gol –aunque en las agonías del encuentro- trajo por fin la tranquilidad al equipo cuando los cusqueños se mandaban con todo. 

Loba (15). Entró cuando la gente se estaba yendo del estadio y los sangucheros remataban el pan con chorizo a dos lucas, pero en esos pocos minutos ordenó al equipo repartiendo pelotas para los cuatro puntos cardinales. Gracias a su bazookazo intempestivo llegó el tercer gol, para alivio de la hinchada.

Pretell (12). Entró a darle aire a la contención y cumplió con disciplina de soldado raso. Le faltó rebeldía para mandarse al ataque como suele actuar su referente Piki pero le sobró actitud para bloquear, aunque a veces se le pasó la mano (y el pie).

Pacheco (sin nota). Pasó casi inadvertido. Poca movilidad y muy poco desmarque. Si la tocó nadie se dio cuenta. 

Alarcón (11). Por si no lo conocen se llama Joel y funge de árbitro en sus horas libres. Se guardó el silbato en el sobaco y no cobró penal  por una inmensa mano que parecía guante de béisbol, tan rochosa que los backs del Garcilaso, sintiéndose culpables,  ya le estaban pidiendo disculpas sin que él haya soplado la vuvuzela. Fue demasiado contemplativo con el juego brusco de los cusqueños, les permitió que peguen como si fuera su padrino de promoción.

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